Gracias a ese dinero, Lucía pudo cambiar su vida.
Envió parte de ese dinero a Oaxaca, reparó la casa de sus padres y aseguró la educación universitaria de su hermano.
Por su parte, decidió no depender de ese "dinero del destino" y trabajó duro: estudió con ahínco, consiguió unas prácticas y luego un empleo en una empresa financiera. Inteligente y perseverante, pronto ascendió de empleada temporal a líder de equipo.
Aún así, en el fondo, Lucía todavía estaba atormentada por aquella noche.
Para ella, fue una marca indeleble.
Cada vez que recordaba ese sobre, sentía vergüenza y gratitud al mismo tiempo.
Lo más extraño fue que durante siete años ese hombre nunca más la buscó.
Cuando por fin estaba pensando en casarse, ocurrió lo inesperado: en una reunión con un socio importante, Lucía cruzó miradas con un rostro familiar.
¡Era él! El mismo hombre de aquella noche.
Pero él no dio señales de reconocerla; se comportó con calma y cortesía.
Lucía sintió que su corazón latía con fuerza, pero lo ocultó.
A partir de ese momento comenzó a investigar.
Descubrió que su nombre era Mauricio, un desarrollador inmobiliario casi veinte años mayor que ella.
Había enviudado joven y su hija pequeña sufría una enfermedad cardíaca congénita que lo sumió en una crisis financiera y emocional en ese momento.
Lo que más la impactó fue la verdad: siete años antes, justo cuando la conoció, estaba pasando por una crisis personal.
Esa noche, presionado por sus amigos, bebió demasiado y perdió el control, arrastrando a Lucía a su error.
Cuando despertó, se sintió terriblemente culpable.
Sin valor para enfrentarse a ella, dejó el dinero como un torpe intento de reparación y desapareció.
Ahora, viéndola convertida en una mujer independiente y exitosa, Mauricio debatió si acercarse a ella o permanecer en silencio para siempre.
Lucía, al comprender la historia, sintió rabia, pero también alivio.
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