Nunca voy a olvidar aquella tarde. Estábamos en la cocina, yo preparando café y él mirando su teléfono como si yo ni siquiera existiera. De pronto, sin que yo dijera nada, él soltó:
—Creo que tu hermana es la persona por la que realmente siento algo.
Supe, en el mismo instante, que no se trataba de una confesión impulsiva. Lo dijo con una calma fría, como quien anuncia que va a cambiar de trabajo. No titubeó, no pidió perdón, ni siquiera me miró a los ojos hasta que yo dejé la taza sobre la mesa.
—Entonces ve con ella —respondí. Lo dije sin gritar, sin llorar. Me sorprendí de lo tranquila que sonó mi voz.
Él se quedó paralizado por unos segundos. Tal vez esperaba un escándalo, un ataque de celos, una súplica. Pero lo único que vio fue una mujer agotada de aguantar silencios y medias verdades.
Durante días después de aquella conversación, la casa se sintió como un hotel donde dos desconocidos se cruzan sin intención de saludarse. Él hacía sus maletas lenta y silenciosamente, mientras yo ordenaba mis pensamientos: ¿Cómo había permitido que mi vida se volviera tan pequeña, tan centrada en alguien que no se preocupó ni por cuidarla?
Y, sin embargo, cuanto más pensaba en ello, más clara se volvía una idea que llevaba tiempo escondida dentro de mí. Yo siempre había soñado con abrir un gimnasio propio. Tenía estudios, certificaciones, experiencia… lo único que me había faltado era valor. Y quizá, sin saberlo, él me lo acababa de regalar.
El día que se fue, la casa quedó tan tranquila que pude escuchar incluso el ruido de mis propios pasos. Lloré —pero no por él— sino por la versión de mí misma que había postergado durante años.
En las semanas siguientes, me sumergí completamente en mis planes. Hablé con entrenadores, proveedores, dueños de locales comerciales. Me levantaba antes del amanecer para planear rutinas, presupuestos, estrategias. Cada día sentía cómo una fuerza nueva crecía dentro de mí, una mezcla de libertad y determinación que nunca antes había experimentado.
Y así, un año después, me convertí en la dueña del gimnasio más exitoso de la ciudad. Un lugar lleno de energía, música, sudor y sueños cumplidos. Un lugar que llevaba mi nombre y mi esfuerzo. Un lugar que jamás habría existido si aquel día, en la cocina, no hubiera escuchado aquellas palabras que parecían destinadas a destruirme, pero que terminaron por hacerme renacer.
Lo que no sabía entonces era que el destino todavía tenía reservado un encuentro que cambiaría el significado de todo lo vivido…
El día que volví a ver a mi exmarido fue un miércoles a las seis de la tarde, justo en la hora más concurrida del gimnasio. Yo estaba revisando una sesión con el equipo de entrenadores cuando escuché un murmullo creciente entre los clientes. Pensé que se trataba de algún influencer o atleta famoso que venía a entrenar, pero al girarme lo vi a él, parado en la entrada, con una expresión que no supe interpretar al principio.
Vestía de manera elegante, como si hubiera salido directamente de una reunión de trabajo, pero su postura lo delataba: hombros tensos, mandíbula rígida y la mirada buscando algo… o a alguien.
Yo.
Nuestros ojos se encontraron por un instante tan breve como incómodo. Él no esperaba verme allí, eso era evidente. Quizá imaginaba que yo trabajaba como instructora en algún gimnasio pequeño, o tal vez… que no había logrado nada después de su partida.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
