Pero ahí estaba yo: uniforme con mi nombre bordado, radio en la cintura, gente acercándose para pedirme indicaciones. Y detrás de mí, mi actual prometido: Daniel.
Daniel era uno de los primeros inversionistas que creyó en mi proyecto. Ingeniero, disciplinado, con un carisma natural que volvía a todos a su alrededor más tranquilos. Habíamos empezado como socios, como dos personas obsesionadas con la excelencia, y poco a poco la relación profesional se transformó en algo más profundo, más honesto, más real. Un amor sin juegos, sin dudas.
Mi exmarido lo notó de inmediato. Daniel llegó a mi lado, me tomó de la cintura con naturalidad y me preguntó si todo estaba bien. Yo respondí que sí, y entonces fue él quien se volvió hacia mi exmarido con una sonrisa educada.
—¿Buscas algo? —preguntó Daniel, con esa calma que siempre me había gustado.
Mi exmarido tardó unos segundos en reaccionar. Observó el gimnasio: las paredes con los logotipos de nuestra marca, los clientes uniformados, la recepción impecable, los entrenadores saludando con respeto. Era imposible ignorar que ese lugar era un éxito. Mi éxito.
—Solo… quería ver —dijo finalmente, aunque sonaba más como una excusa que como una respuesta genuina.
Yo me acerqué un poco más a Daniel. No por teatralidad, sino porque lo sentía natural, correcto.
—Bueno —respondí sin perder la compostura—. Ya lo viste.
Una frase simple, pero suficiente. Él bajó la mirada. No esperaba que yo me hubiera levantado tan alto ni que lo hiciera con tanta dignidad. Quizá pensaba que me encontraría rota o resentida. Pero no: estaba plena, fuerte, acompañada.
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