Su esposa había fallecido años atrás, dejándolo solo para criar a sus dos hijos, Noah y Grace.
Les proporcionaba todo lo material que podían necesitar, pero carecían de lo que más deseaban: su presencia.
Mientras él se sumergía en contratos y reuniones, los niños crecían silenciosamente bajo el peso de sus ambiciones.
La casa parecía más un showroom que un hogar. Olivia Brooks, la niñera, mantenía todo impecable.
Llevaba casi tres años trabajando allí, era callada, eficiente y a menudo pasaba desapercibida.
Para Matthew, era simplemente quien mantenía el orden. Para Noah y Grace, era consuelo, paciencia y calidez; la presencia constante que llenaba el vacío que su madre había dejado.
Olivia cargaba con su propio dolor. Madre soltera que había perdido a su único hijo en un trágico accidente, rara vez hablaba de ello.
Aun así, la tristeza se reflejaba en sus ojos. Sin embargo, cuando estaba con los niños, algo suave y reparador surgía en ella, como si cuidarlos sanara sus heridas más profundas.
Aquella tarde, el coche de Matthew avanzó silenciosamente por el camino de entrada mientras el sol bañaba la casa con luz dorada.
Entró esperando encontrar silencio. Pero la risa lo detuvo en seco.
Venía del comedor: risas genuinas, brillantes, que no se oían en la casa desde hacía años. Se acercó lentamente y lo que vio le dejó sin aliento.
Olivia estaba junto a la mesa, con su uniforme impecable y el cabello recogido. Noah y Grace la miraban con sonrisas radiantes.
Entre ellos, un pastel de chocolate decorado con frutas y crema. Olivia cortaba generosas porciones mientras los niños aplaudían.
El chocolate había manchado la camisa de Noah y la crema la vestimenta de Grace, prueba de que habían ayudado a prepararlo.
No solo estaban comiendo. Estaban celebrando.
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