Un millonario despidió a 37 niñeras en dos semanas, pero una trabajadora doméstica hizo lo imposible por sus seis hijas.

Jonathan miró por la ventana hacia el patio trasero, donde los juguetes yacían rotos entre plantas muertas y sillas volcadas. “Contraten a quien diga que sí”.

Al otro lado de la ciudad, en un estrecho apartamento cerca de National City, Nora Delgado, de veintiséis años, se ajustó las zapatillas gastadas y metió los libros de psicología en una mochila. Limpiaba casas seis días a la semana y estudiaba trauma infantil por las noches, impulsada por un pasado del que rara vez hablaba. A los diecisiete años, su hermano menor murió en un incendio en su casa. Desde entonces, el miedo ya no la sobresaltaba. El silencio no la asustaba. El dolor le resultaba familiar.

Su teléfono vibró. El supervisor de la agencia parecía apresurado. «Colocación de emergencia. Urbanización privada. Incorporación inmediata. Triple paga».

Nora miró la factura de la matrícula pegada a su refrigerador. «Envíame la dirección».
La casa Whitaker era hermosa, como siempre lo es el dinero. Líneas limpias, vistas al mar, setos bien cuidados. Dentro, se sentía abandonada. El guardia abrió la puerta y murmuró: «Buena suerte».

Jonathan la recibió con ojeras. «El trabajo es solo limpieza», dijo rápidamente. «Mis hijas están de luto. No puedo prometerles calma».

Un estruendo resonó en lo alto, seguido de una risa tan aguda que cortaba.

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