Un millonario entró en una residencia de ancianos para hacer una donación... pero se quedó paralizado cuando una anciana levantó la cabeza, lo miró fijamente y susurró su nombre. Y en ese instante, se dio cuenta de que no era una residente cualquiera, sino alguien a quien creía perdido para siempre...

Se acercó.

Cuando la mujer levantó la mirada, sus ojos nublados brillaron con un extraño y leve reconocimiento. Leonardo, normalmente tranquilo y sereno, sintió que le temblaban las manos. El director le informó que se llamaba Carmen, una residente de larga estancia sin familiares registrados y con muy pocos recuerdos de su pasado.

Todo en Leonardo insistía en que se marchara. Pero no podía. Algo en su interior le susurraba que aquella mujer no era una desconocida.

Se agachó ante ella. Lentamente, Carmen levantó una mano temblorosa y le tocó la mejilla: una caricia suave y vacilante, familiar de una manera que él no podía explicar.

Entonces murmuró una palabra.

Un nombre.

Un nombre que solo usaban quienes lo querían:

“Leo…”
La habitación pareció dar vueltas. Leonardo se levantó de golpe, abrumado. Dejó una generosa donación, rechazó fotos y salió de la residencia sintiendo como si el suelo se hubiera movido bajo sus pies.

Esa noche, apenas durmió. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Carmen. Ese roce. Ese susurro. A la mañana siguiente, supo que necesitaba respuestas.

El regreso a la residencia

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