Mauricio instaló cámaras ocultas por toda la casa. Estaba seguro de que la nueva niñera, como todas las anteriores, terminaría siendo un fraude, pero las grabaciones le mostraron algo completamente diferente. Su hijo de 3 años haciendo algo que él nunca imaginó y eso lo destrozó por dentro. Mauricio Delgado tenía 30 años y todo lo que el dinero podía comprar, una casa de tres pisos en Palermo, autos importados, una cuenta bancaria que crecía cada mes, pero ninguna fortuna podía devolverle lo que perdió hace 8 meses.
La paz que se fue cuando su esposa Valeria murió en un accidente. Ahora vivía solo con Benjamín, su hijo de 3 años, un niño de ojos enormes que cada día se parecía más a su madre. Y ese parecido era un puñal en el corazón de Mauricio cada mañana. “Necesito otra niñera”, le había dicho a su asistente dos días atrás. Era la decimotercera en 8 meses. Mauricio siempre encontraba razones para despedirlas. Llegaban tarde, usaban el, no seguían instrucciones o simplemente algo en ellas no le inspiraba confianza.
La verdad era más complicada. No soportaba ver a otra mujer cuidando a su hijo. Cada abrazo que una niñera le daba a Benjamín lo destrozaba porque ese abrazo debería venir de Valeria. Pero Valeria ya no estaba y Benjamín necesitaba a alguien. Esa mañana de lunes, Mauricio bajó las escaleras ajustándose la corbata. El silencio lo golpeó como siempre. Antes había risas, música, vida. Ahora solo ecos. Señor Delgado. Marta, la empleada doméstica, apareció secándose las manos. Benjamín ya desayunó.
Está en su cuarto jugando. Más solo. Mauricio frunció el ceño. Sí, señor, como usted pidió. Nada de televisión. Nada de tableta, solo sus juguetes. Mauricio asintió, ignorando el pequeño nudo en su estómago. Era mejor así. Benjamín necesitaba aprender independencia temprano. El mundo no era amable con los débiles. ¿A qué hora llega la nueva niñera? A las 10, señor. Una tal Pilar Moreno. Mauricio revisó su reloj. Tenía 40 minutos antes de irse a la oficina. Tiempo suficiente para establecer las reglas.
Desde el principio subió hasta el cuarto de Benjamín. Su hijo estaba en la alfombra, rodeado de bloques, armando algo que parecía una torre. Buenos días, Benja. El niño levantó la vista. Esos ojos color avellana, idénticos a los de Valeria, lo miraron con cautela. Buenos días, papi. Mauricio se sentó en la cama, no en el suelo junto a él. Hoy viene una niñera nueva. Se llama Pilar. Benjamín asintió despacio. Ya estaba acostumbrado. Las niñeras llegaban y se iban como las estaciones.
Necesito que te portes bien. Siempre me porto bien, papi. Y era cierto. Benjamín era tranquilo, casi demasiado para sus 3 años. No hacía berrinches, no lloraba, no pedía nada. A veces Mauricio se preguntaba si eso era normal. Lo sé, hijo, eres un buen niño. Benjamín sonrió un poco, una sonrisa pequeña que desapareció casi de inmediato. Mauricio quiso decir más, abrazarlo, preguntarle cómo se sentía, si extrañaba a su mamá, pero las palabras se atascaron como siempre. Me voy.
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