Llamó a la compañía de seguridad. Necesito que retiren todas las cámaras. Todas, señor Delgado. ¿Está seguro? completamente seguro. ¿Hay algún problema con el sistema? No, el problema soy yo. Silencio del otro lado de la línea. Entendido. Enviamos un equipo esta tarde. Cuando colgó, sintió el peso del celular en su mano. Ese dispositivo que había sido su ventana a una vida que se negaba a vivir realmente. Abrió la aplicación de las cámaras una última vez. Ocho ventanas mostrando su casa vacía.
La sala en silencio, la cocina ordenada, el jardín bajo el sol matutino, el cuarto de Benjamín con la cama perfectamente tendida por Marta y se dio cuenta. Las cámaras solo mostraban espacios vacíos, no mostraban amor, no mostraban conexión, solo ausencias. Cerró la aplicación, la borró del teléfono y respiró. Los técnicos llegaron a las 3 de la tarde. Mauricio supervisó cada cámara removida, el detector de humo falso en la cocina, el reloj en la sala, las pequeñas lentes escondidas en las esquinas.
Cuando terminaron, la casa se sentía diferente, más ligera, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante semanas y finalmente pudiera exhalar. Pilar observaba desde la escalera. No dijo nada, pero sus ojos lo decían todo. Esa noche Mauricio hizo algo que no había hecho en 8 meses. Decidió quedarse en casa todo el fin de semana sin trabajo, sin excusas. Y Pilar, por supuesto, aunque técnicamente eran sus días libres, ellas se quedó. por si necesitan algo, había dicho. Pero ambos sabían que se quedaba porque esta familia rota la necesitaba y tal vez ella también los necesitaba a ellos.
El domingo por la mañana, Benjamín bajó las escaleras con su dinosaurio de peluche bajo el brazo. Papi, ¿no vas a trabajar? No, hoy, campeón, hoy me quedo contigo. Los ojos de Benjamín se iluminaron con una esperanza. cautelosa, como si no se atreviera a creer completamente. De verdad, de verdad, ¿qué quieres hacer? Benjamín pensó muy seriamente, como si esta fuera la pregunta más importante del mundo. Finalmente dijo, “¿Podemos ir al parque? El que tiene los patos.” Mauricio sintió un golpe en el pecho.
Ese parque, el que solía visitar con Valeria y Benjamín cada domingo antes del accidente, el que había evitado religiosamente durante 8 meses porque cada banco, cada árbol, cada camino estaba saturado de recuerdos. Claro, vamos al parque. Fueron los tres. Mauricio manejaba, Pilar en el asiento del copiloto, Benjamín atrás en su silla de seguridad tarareando una canción inventada. Cuando llegaron, Mauricio se quedó sentado en el auto por un momento, las manos en el volante, respirando. ¿Está bien? Pilar preguntó suavemente.
Este era nuestro lugar de Valeria y mío. Veníamos aquí cuando éramos novios y luego con Benjamín. ¿Quiere que vayamos a otro lado? Mauricio miró por el espejo retrovisor. Benjamín ya estaba desabrochando su cinturón, emocionado, mirando hacia el lago donde nadaban los patos. No es hora de volver. Bajaron del auto. Benjamín inmediatamente corrió hacia el lago, deteniéndose justo en el borde, como Valeria le había enseñado. Nunca cruces la línea de piedras sin un adulto. Mauricio y Pilar caminaron detrás de él.
Mira, papi, hay bebés patos. Y lo sabía. Una mamá pata seguida por cinco patitos pequeños nadando en fila perfecta. Son hermosos. Mauricio se arrodilló junto a su hijo. ¿Podemos darles de comer? No traje pan. El rostro de Benjamín se entristeció un poco. Mami siempre traía pan. Antes Mauricio habría cambiado el tema rápidamente, habría desviado la conversación, pero ahora respiró profundo y dijo, “Tienes razón. Tu mami nunca olvidaba el pan para los patos. Era más organizada que yo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
