¿Tiene ayuda? ¿O familiares? Mi hermano hace lo que puede, pero tiene 17. Todavía está en la escuela. No quiero que cargue con esto. Mauricio pensó en su propia cuenta bancaria, en el dinero que tenía, pero que nunca había llenado el vacío en su pecho. Si necesita algo, ayuda económica para su mamá. Solo tiene que pedirlo. Pilar levantó la vista sorprendida. No puedo aceptar eso. ¿Por qué no? Porque no vine aquí buscando caridad. No es caridad, es gratitud por lo que ha hecho por Benjamín, por mí.
Señor Delgado, Mauricio, por favor. Creo que después de todo ya puede llamarme Mauricio. Una sonrisa pequeña. Mauricio, agradezco la oferta de verdad, pero prefiero ganarme las cosas. lo está haciendo, créame. Esa noche Mauricio no pudo dormir. Subió a su estudio y en lugar de abrir la laptop para revisar cámaras que ya no existían, sacó una caja del armario. La caja de Valeria no la había abierto desde el funeral. Dentro había fotos, cartas, pequeños objetos que ella había guardado, un boleto de cine de su primera cita, una servilleta del restaurante donde él le propuso matrimonio, la prueba de embarazo positiva de cuando supieron que venía Benjamín.
Mauricio sacó cada objeto con cuidado, como si fueran fragmentos de cristal que podrían romperse si los tocaba con mucha fuerza. Había una carta sellada con su nombre escrito en la letra de Valeria. Se le heló la sangre. No recordaba esta carta. La abrió con manos temblorosas. Mi amor, comenzaba, si estás leyendo esto, significa que me pasó algo y sé que estás destrozado. Te conozco. Sé que tu primer instinto será cerrarte, protegerte, construir muros tan altos que nadie pueda lastimarte de nuevo.
Pero por favor, por favor, no lo hagas. Benjamín te necesita. Necesita al hombre que yo conocí. El hombre que se ríe cuando se quema haciendo panqueques. El hombre que llora en las películas, aunque pretenda que no. El hombre que ama tan profundamente que le da miedo. No dejes que el miedo te robe a nuestro hijo. No dejes que te robe tu vida. Y Mauricio, si alguna vez conoces a alguien más, alguien que te haga sonreír o que haga sonreír a Benjamín, no sientas culpa.
Yo quiero que sean felices ambos. Esa es mi única petición. Vive, por favor, vive de verdad. Te amo, siempre te amaré. Valeria. Las lágrimas caían sobre el papel borrando algunas palabras, pero Mauricio ya las había leído, ya las había absorbido. Valeria sabía, siempre supo exactamente quién era él y lo amó de todos modos. Y en su última carta no le pedía que la recordara con dolor, le pedía que viviera. Lloró durante horas. Lloró por Valeria, por Benjamín, por todo el tiempo perdido, por el miedo que había gobernado su vida.
Cuando finalmente se calmó, sintió algo diferente, más ligero, como si hubiera estado cargando una mochila llena de piedras. Y finalmente alguien le había dado permiso de soltarla. Bajó las escaleras. Eran casi las 4 de la mañana. Fue al cuarto de Benjamín y entró en silencio. Su hijo dormía profundamente, rodeado de dinosaurios de peluche y sábanas revueltas. Mauricio se sentó en la silla junto a la cama, la misma donde Pilar se sentaba tantas noches. Te prometo algo susurró en la oscuridad.
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