Haz lo que consideres apropiado. Mauricio respondió con más frialdad de la que pretendía. Pero recuerda, estás aquí para cuidarlo, no para reemplazar a su madre. No estoy aquí para reemplazar a nadie, señor Delgado. Estoy aquí para cuidar a un niño que perdió a su mamá. Hay una diferencia. Mauricio apretó la mandíbula. Esta mujer era directa. Tal vez demasiado, pero algo en su honestidad era refrescante o irritante. No estaba seguro. El sueldo es el que discutimos por teléfono.
Pagas en efectivo cada viernes. Horario de lunes a viernes, 8 de la mañana a 6 de la tarde. Los fines de semana libres. Perfecto. Una cosa más. Mauricio se puso de pie. He tenido 12 niñeras antes que tú. Todas prometieron seguir las reglas. Ninguna duró más de un mes. No por mi culpa, sino porque no hicieron su trabajo correctamente. Pilar también se levantó sosteniéndole la mirada. Con todo respeto, señor Delgado, no conozco las circunstancias de las niñeras anteriores, pero lo que sí sé es que cada niño merece ser cuidado con dignidad y cariño, no solo con reglas.
Si eso es un problema para usted, tal vez no soy la persona indicada para este trabajo. El silencio que siguió fue denso. Mauricio no estaba acostumbrado a que le hablaran así, especialmente no empleados que necesitaban el trabajo. Debería despedirla ahora mismo antes de que empezara. Pero algo lo detuvo. Tal vez era la convicción en sus ojos. Tal vez era el cansancio de buscar niñera número 14. O tal vez en algún rincón enterrado de su corazón sabía que tenía razón.
Está contratada. Empieza ahora. Por primera vez Pilar sonríó. Fue una sonrisa pequeña, pero genuina. Gracias, señor Delgado. Marta te mostrará dónde está todo. Yo me voy al trabajo. Regreso a las 7. Entendido. Mauricio tomó su maletín y se dirigió a la puerta, pero antes de salir se detuvo. Pilar. Sí, Benjamín es todo lo que me queda. Si le pasa algo, si sufre de cualquier manera bajo tu cuidado, no le pasará nada. Pilar interrumpió con firmeza. Tiene mi palabra.
Mauricio asintió y salió. En el autocamino a la oficina no podía quitarse la imagen de Pilar de la cabeza. Había algo en ella que era diferente a las demás. No era la desesperación por conservar el empleo. No era miedo ni sumisión. Era confianza, como si supiera exactamente lo que hacía y no necesitara su aprobación para hacerlo bien. Eso lo incomodaba porque Mauricio Delgado necesitaba control. control sobre su empresa, sobre su casa, sobre cada aspecto de su vida que el destino no le había arrebatado.
Y esta mujer, con su tranquilidad firme y sus preguntas directas, amenazaba ese control. Sacó el teléfono y buscó un contacto guardado. Sistemas de seguridad Premiere. Había pensado en esto antes, después de la niñera número ocho, pero siempre le había parecido excesivo, una invasión de privacidad innecesaria. Pero ahora con esta mujer en su casa, con su hijo, algo en su pecho le decía que necesitaba saber, necesitaba ver, necesitaba estar seguro. Marcó el número. Buenos días, sistemas de seguridad premier.
¿En qué podemos ayudarlo? Necesito instalar cámaras de seguridad, cámaras discretas por toda mi casa. Por supuesto, señor. ¿Cuándo quisiera que fuéramos? Mauricio miró su reloj. Pilar acababa de empezar. Benjamín estaba con ella en este mismo momento. Hoy, esta tarde, después de las 7 de la noche. Perfecto. Dirección. Mauricio dio los datos, confirmó el presupuesto que apenas notó porque el dinero no era problema y colgó. Se recostó en el asiento del auto, mirando el tráfico de Buenos Aires moverse lentamente frente a él.
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