Nunca imaginé que el sonido que me destrozaría sería algo tan pequeño como el susurro de mi madre: "No queríamos que te preocuparas".
No después de todo lo que había construido. No después de todo lo que les había dado.
Pero esa noche, empapada por la lluvia helada, sentada junto a ellos en el cemento frente a una tienda tapiada, me di cuenta de que había estado ciega ante una pesadilla que se desarrollaba justo delante de mis narices.
Comenzó con una mentira envuelta en preocupación.
Mi asistente, Claudia Vega, había trabajado conmigo durante casi una década. Se encargaba de mis cuentas, mis viajes, mis obras benéficas. Recordaba los cumpleaños de mis hijos. Elegía los regalos para mi madre. Una vez se quedó a pasar la noche en la oficina solo para terminar una presentación de último minuto.
Confié en ella como un hombre que se ahoga confía en la mano que lo saca del agua.
Pero aprendí que la confianza puede ser la moneda más peligrosa.
Primero contactó a mis padres.
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