No puedo creer que seas tú. La voz de Marta temblaba frente a ella, en la entrada de su pequeña casa de madera con paredes agrietadas, estaba el hombre que había jurado no volver a ver jamás. Fernando, 15 años después. Él llevaba un traje que costaba más que todo lo que ella tenía. Sus zapatos brillaban bajo el sol de la tarde. Ella usaba una blusa remendada tres veces y sandalias con la suela gastada, entre ellos un silencio de década y media.
Marta, yo. Fernando intentó hablar, pero las palabras se le atascaron al ver el interior de la casa. Una mesa coja, tres niños descalzos mirándolo con ojos enormes, paredes desnudas, el olor a humedad y pobreza. Había viajado 5 horas en su coche de lujo para llegar a este pueblo olvidado. Había ensayado mil veces que decir, pero nada lo preparó para esto. ¿Qué haces aquí?, preguntó ella. Su voz era dura, pero sus ojos sus ojos contaban otra historia. Había dolor, tanto dolor.
Necesito hablar contigo. Fernando dio un paso adelante. Es importante, importante. Marta soltó una risa amarga. Después de 15 años, después de irte sin explicaciones, después de dejarme sola cuando más te necesitaba, los niños se escondieron detrás de su madre. El más pequeño, de apenas 5 años la abrazó por la pierna. No es lo que piensas, dijo él. Entonces dime. Ella cruzó los brazos. Dime, ¿qué es tan importante que te trae aquí después de tanto tiempo? Dime, ¿por qué apareces ahora cuando ya aprendí a vivir sin ti?
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
