¿Vas a hacer llorar a mi mamá otra vez? Voy a intentar no hacerlo. Intentar no es suficiente. Entró a la casa dejando a Fernando con rosa que había aparecido en su porche. Es más inteligente de lo que piensa, dijo Rosa. Ve cosas, entiende cosas, no la subestime, no lo haré. Bien. Rosa se giró para entrar a su casa porque mañana en el hospital todo podría cambiar. Los doctores podrían decir que no hay tiempo, que necesita la cirugía ya y entonces tendrá que decidir qué es más importante, su comodidad o la vida de su hija.
Las palabras quedaron flotando en el aire. Esa noche Fernando soñó con un hombre que nunca conoció, Pedro. un hombre que había amado a su hija, que le había dado todo lo que Fernando no pudo y se preguntó si alguna vez podría estar a la altura de ese legado. Lo que no sabía era que mañana en ese hospital descubriría algo que haría que todo lo demás pareciera insignificante, porque los secretos del pasado estaban a punto de colisionar con la realidad del presente y nada volvería a ser igual.
Fernando llegó a las 7 de la mañana a la casa de Marta. demasiado temprano, pero no había podido dormir. Marta abrió la puerta con ojos cansados. Tampoco había dormido. “Llegaremos tres horas antes”, dijo ella. “Prefiero eso a llegar tarde.” Sofía salió con su mejor ropa, una blusa que le quedaba corta y un pantalón con un parche en la rodilla. Llevaba su cabello trenzado con cuidado, tratando de verse mayor, más fuerte de lo que se sentía. El viaje a la capital fue silencioso.
Sofía miraba por la ventana, maravillada por un mundo que rara vez veía. Marta mantenía las manos apretadas en su regazo. Fernando conducía, consciente de que llevaba en su coche lo más valioso que tenía. Una familia que no sabía cómo cuidar. El hospital central era un edificio imponente de concreto y vidrio. Gente entraba y salía constantemente. Ambulancias, doctores, el olor a desinfectante y desesperación. En la sala de espera de cardiología, Sofía se sentó entre su madre y Fernando.
Sus piernas no tocaban el suelo. Era tan pequeña, tan frágil. ¿Te duele?, preguntó Fernando suavemente. ¿Qué? ¿Tu corazón te duele? Sofía se encogió de hombros a veces, cuando corro mucho o cuando hace frío. ¿Tienes miedo? La niña lo miró con esos ojos que eran tan parecidos a los suyos. Mi papá decía que el miedo solo tiene el poder que tú le das. Era un hombre muy sabio. Sí. Sofía bajó la vista. Lo extraño todos los días. Fernando sintió una punzada en el pecho, celos absurdos de un hombre muerto que había sido mejor padre en 4 años que él en toda una vida.
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