“Puedes acercarte”, dijo Marta sin mirarlo. “No quiero molestar. Eres su padre. Tienes derecho.” Fernando se acercó al otro lado de la cama. Tocó la mano de Sofía. Era fría. Hola, princesa”, susurró. “Peleaste bien, estamos orgullosos. Los monitores pitaban constantemente. El respirador hacía su trabajo. Una enfermera entró. Necesitan salir. Ella necesita descansar. ¿Podemos quedarnos cerca?”, preguntó Marta. “Hay una sala de espera en este piso. ¿Pueden quedarse ahí?” Salieron lentamente, como si dejar la habitación fuera a abandonarla. En la sala de espera, Marta se sentó agotada, rota.
Gracias, dijo. ¿Por qué? Por tu sangre, por el dinero, por estar aquí. No tienes que agradecerme por hacer lo que debía haber hecho desde el principio, pero lo estás haciendo ahora. Eso cuenta. Fernando se sentó a su lado. Marta, necesito preguntarte algo. ¿Qué? La carta de Pedro cuando dijo que intentaste, que tomaste pastillas. ¿Alguna vez pensaste en hacerlo de nuevo? Ella lo miró sorprendida por la pregunta. No, nunca. Hubo momentos oscuros cuando Pedro murió, cuando no tenía dinero para comida.
Pero no, nunca volví a pensar en eso. ¿Por qué? Por ella. Marta miró hacia la habitación donde dormía Sofía. Porque ella me salvó tanto como yo la salvé a ella. Fernando asintió. Entendía. Tú, preguntó Marta. ¿Alguna vez pensaste en no de esa forma? Pero hubo noches en que deseé no despertar, noches en que el vacío era tan grande que no sabía cómo seguir. ¿Y qué te detuvo? La esperanza estúpida de que algún día podría arreglar lo que rompí.
¿Y crees que lo puedes arreglar? No lo sé, pero voy a intentarlo cada día por el resto de mi vida. Marta puso su cabeza en el hombro de Fernando agotada. Está bien, puedes intentarlo. Se quedaron así, dos personas rotas tratando de sanar, unidos por una niña que luchaba por su vida en la habitación de al lado. Las horas pasaron, la noche cayó, los monitores seguían pitando, el respirador seguía funcionando y Sofía seguía luchando porque era una guerrera como su madre, como su padre debió ser.
Y mañana cuando despertara todo sería diferente o todo habría terminado. Día 2 en el hospital. Sofía seguía conectada a las máquinas, pero sus signos vitales eran estables, fuertes. “Está luchando”, dijo el doctor Ramírez en su visita matutina. “Su cuerpo responde bien.” Marta lloraba de alivio. Fernando simplemente miraba a su hija maravillado de su fuerza. ¿Cuándo despertará? preguntó. Pronto, tal vez hoy, tal vez mañana. Su cuerpo decide. Cuando el doctor se fue, Fernando notó que Marta lo miraba extrañamente.
¿Qué pasa? Necesito decirte algo ahora. Ahora, antes de que ella despierte, antes de que sea tarde, Fernando sintió un peso en el pecho. Ya había habido tantas revelaciones, tantos secretos. ¿Qué más podía haber? Está bien. Dime. Marta miró hacia la puerta. Se aseguró de que estuvieran solos los otros niños, Diego y Mateo. ¿Qué pasa con ellos? No son de Pedro. Fernando frunció el ceño. No entiendo. Dijiste que eran sus hijos. Dije que Pedro era su padre. Y lo fue en todos los sentidos que importan.
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