Me llamo Fernando. Soy amigo de tu mamá. E tú salvaste a Sofía. Los doctores la salvaron. Yo solo ayudé. Gracias. El niño lo abrazó simple, inocente, sin saber que abrazaba a su padre. Fernando lo sostuvo. Este niño, su hijo, que olía jabón barato y tierra, que tenía sus ojos, su nariz. Diego, más reservado, observaba, Rosa dice que eres importante, no tanto como ustedes. ¿Vas a quedarte? Era la pregunta que todos hacían, la pregunta que Fernando todavía no sabía cómo responder con certeza.
Voy a intentarlo. Intentar no cuenta. Mi papá decía que o lo haces o no lo haces. Todos citaban a Pedro. Este hombre fantasma que había sido mejor padre sin sangre compartida que Fernando con todo su ADN. Tienes razón, entonces sí me voy a quedar. Diego asintió, aceptando la promesa, confiando cuando no debería. Los llevaron a la cafetería, compraron comida, los niños comieron con hambre. Hablaron de Sofía, de cuánto la extrañaban, de cómo cuidaban su cama vacía. Fernando los observaba, estos niños, sus niños con vidas completas que él nunca conoció, recuerdos que no compartía, historias donde él no existía.
¿Cómo se recuperaba de eso, cómo se convertía en padre para niños que ya tenían uno, aunque ese padre estuviera muerto? Rosa se acercó a él mientras Marta llevaba a los niños al baño. Ya lo sabe. ¿Qué? ¿Que son suyos? Veo como los mira Marta me lo dijo. Pedro me lo dijo a mí también antes de morir. ¿Y qué opinas? Opino que la genética no hace a un padre, pero tampoco la ausencia hace que dejes de serlo. Rosa lo miró directamente.
Esos niños necesitan un padre. Tú necesitas ser padre. Pero necesitan tiempo. Todos lo necesitan. ¿Cuánto tiempo? el que sea necesario. Cuando volvieron a la habitación de Sofía, algo había cambiado. Los monitores pitaban diferente. El Dr. Ramírez estaba ahí revisando. ¿Qué pasa? Marta corrió. Miren. El doctor señaló. Los ojos de Sofía se movían bajo los párpados. Sus dedos se flexionaban. Está despertando. Los párpados de Sofía se movieron una vez, dos veces. Mi amor, estoy aquí. Marta tomó su mano.
Mamá está aquí. Los ojos de Sofía se abrieron lentamente, desorientados, buscando enfocar. Mamá. Su voz era un susurro ronco por el tubo que acababan de quitarle. Sí, mi amor, estoy aquí. Morí. No. Marta se rió entre lágrimas. Estás viva. Luchaste y ganaste. Sofía miró alrededor, vio las máquinas, los cables, luego vio a Fernando. Tú viniste. Te dije que estaría aquí. Pensé que mentías. No mentí. Diego y Mateo se acercaron tímidamente a la cama. Sofía. Diego tocó su mano con cuidado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
