Un millonario vuelve a la casa de su exesposa tras 15 años… y lo que ve lo deja en shock…

Antes de irse, lanzó a Fernando una última mirada. Una mirada que decía, “Si le haces daño, te las verás conmigo.” Fernando sintió algo apretarse en su pecho. Esa niña tenía el mismo fuego en los ojos que Marta, el mismo espíritu que se había enamorado de él tantos años atrás. “¿Siéntate.” Marta señaló una silla tambale junto a la mesa coja. “Aunque no sé si tu traje de diseñador sobrevivirá.” Él se sentó sin responder a la provocación. La mesa estaba puesta para cuatro platos de pararejas, cuatro tortillas en un plato, una olla con frijoles.

Eso era la cena. ¿Son tuyos? Preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Los niños. Marta se sentó frente a él manteniendo distancia. No. Los encontré en la calle y decidí coleccionarlos. Marta, ¿qué esperabas, Fernando? que me quedara congelada en el tiempo esperándote. La vida siguió. Yo seguí. ¿Quién es el padre? La pregunta salió más dura de lo que pretendía. Marta lo miró con algo que era mitad dolor, mitad furia. Eso no es tu problema. Ya no. Hubo un tiempo en que no había secretos entre ellos.

cuando eran jóvenes, cuando Fernando todavía era un estudiante de arquitectura con más sueños que dinero, cuando Marta trabajaba en la panadería de su tío y le guardaba el pan del día anterior, se habían casado en una ceremonia sencilla, 20 invitados, un vestido prestado, pero fueron felices, o eso creía Fernando, hasta que llegó la oferta, la oportunidad de su vida, un socio inversionista que quería financiar su primer gran proyecto, pero había una condición. Tenía que irse, mudarse a la capital, trabajar día y noche durante años.

Vuelvo en dos años, le había prometido. Tres máximo. Voy a construir nuestro futuro. Ella había llorado, le había suplicado que no se fuera, pero él estaba ciego de ambición, joven y estúpido. Regresaré por ti, había dicho. Te lo juro, nunca lo hizo. Sé que no tengo derecho a estar aquí, dijo Fernando ahora, su voz más baja. Sé que te fallé, que rompí todas mis promesas. Todas. Marta soltó una risa sin humor. No, Fernando, no solo rompiste tus promesas.

Me destrozaste. Me dejaste sola. Cuando se detuvo, tragó saliva. Sus ojos brillaban, pero no iba a llorar. No frente a él. ¿Cuándo? ¿Qué? Nada. Olvídalo. Marta, por favor, por favor. Ella se levantó bruscamente. La silla raspó el piso. Vienes después de 15 años con un sobre y un por favor. ¿Crees que eso es suficiente? Fernando también se puso de pie, dejó el sobre en la mesa. No vine a pedir perdón. Vine a darte lo que siempre te perteneció.

Ella miró el sobre como si fuera una serpiente. No quiero tu dinero. No es caridad. Es tuyo por derecho. No necesito nada de ti, Marta. Ábrelo. No. Su grito resonó en las paredes desnudas. Afuera escucharon a los niños callarse. De repente Marta respiró profundo tratando de calmarse. “Mírate”, dijo Fernando suavemente. “Mira esta casa, los niños sin zapatos, la comida que apenas alcanza. Pero es mío. Todo esto es mío. Lo levanté con mis manos, con mi dignidad intacta.” Y ahí estaba la razón por la que se había enamorado de ella, esa dignidad feroz, ese orgullo que no se quebraba ni siquiera cuando todo lo demás se derrumbaba.

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