Un millonario vuelve a la casa de su exesposa tras 15 años… y lo que ve lo deja en shock…

Antes de darme cuenta habían pasado 3 años. Intenté llamar, pero tu número ya no existía. Vine a buscarte, pero tu tía me dijo que te habías mudado, que no querías saber nada de mí. Marta se puso rígida. Mi tía murió hace 10 años, lo sé, lo supe después, pero para entonces ya habían pasado 5 años y yo asumí que habías rehecho tu vida, que tenías que 20 millones acumulándose en tu cuenta eran mi forma de compensar. Compensar.

La voz de Marta subió de tono. ¿Crees que el dinero compensa que te fueras cuando más te necesitaba? ¿Que perdiera a nuestro bebé sola? ¿Que tuviera que mendigar trabajo? que mis hijos crecieran pensando que su madre no vale nada. Fernando se giró. Tenía lágrimas en los ojos. No, nada de eso compensa nada. Por eso vine no a darte el dinero, sino a decirte la verdad, a pedirte no perdón, no merezco perdón, sino la oportunidad de conocer a esos niños, de ayudar, de estar aquí.

Los niños. Marta se puso de pie de un salto. ¿Quieres conocer a mis niños? Después de perder al nuestro, la puerta trasera se abrió. Sofía entró, sus ojos grandes y asustados. Mamá, ¿estás bien? Te escuchamos gritar. Marta respiró profundo. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Estoy bien, mi amor. Vuelve afuera. Pero Sofía no se movió. miró a Fernando con esa desconfianza protectora que tienen los niños, que crecieron demasiado rápido. Él te está molestando.

Fernando sintió algo quebrarse en su pecho. Esta niña, que apenas llegaba a sus 12 años estaba lista para defender a su madre de un hombre tres veces su tamaño. No, Sofía, dijo Marta con voz más suave. Solo estamos hablando. Ve con tus hermanos. Segura, segura. La niña salió, pero dejó la puerta entreabierta. Por si acaso, Marta se dejó caer de nuevo en la silla. Lucía, exhausta, como si hubiera corrido un maratón. ¿Quién es el padre? Preguntó Fernando de nuevo, más suavemente.

Esta vez Marta lo miró durante un largo momento. Había algo en sus ojos, algo que Fernando no podía descifrar. Pedro, dijo finalmente, se llamaba Pedro. Trabajaba en la construcción. Era bueno, amable, no era tú, pero era bueno. Se llamaba Murió hace 4 años. Accidente en la obra. Los niños ni siquiera recibieron compensación porque la empresa quebró. Fernando sintió una punzada de algo que podría ser celos, pero era demasiado tarde para eso. Demasiado absurdo. Lo siento. No quiero tu lástima.

No es lástima, es empatía. Sé lo que es perder. Marta soltó una risa amarga. Tú, el millonario exitoso, que perdiste. Fernando la miró directamente a los ojos. A ti perdí a la única mujer que amé. Perdí un hijo que nunca conocí. Perdí 15 años que nunca voy a recuperar. Eso fueron decisiones tuyas. Lo sé, por eso estoy aquí. Marta miró de nuevo los documentos en la mesa. 20 millones de dólares. Una fortuna, suficiente para cambiar todo, para darles a sus hijos educación, zapatos, un futuro.

Pero, ¿a qué precio? Si acepto esto, dijo lentamente. ¿Qué quieres cambio? Nada. Todos quieren algo. Solo déjame estar en sus vidas, en la tuya, no como esposo. No estoy tan loco como para pensar que eso es posible, pero como, no sé, como amigo, como alguien que puede ayudar. ¿Por cuánto tiempo? Hasta que te aburras de nuevo, hasta que otro proyecto te llame, era una pregunta justa. Y Fernando tenía una respuesta que sonara convincente. No lo sé, admitió.

Solo sé que estos 15 años sin ti fueron vacíos. Construí 30 edificios. Gané más dinero del que puedo gastar. Pero cada noche en mi penhouse vacío miraba la foto de nuestra boda y me preguntaba, “¿Valió la pena?” Y valió la pena. Fernando negó con la cabeza. No, nada de eso valió perderte. Afuera, el sol comenzaba a ponerse. Los niños entraron corriendo con las mejillas rojas y el cabello despeinado. Se detuvieron al ver a Fernando todavía ahí. “Mamá, tenemos hambre”, dijo el niño del medio.

Marta miró la olla de frijoles, miró a sus tres hijos, miró los documentos en la mesa y finalmente miró a Fernando. Lo que decidiera en este momento cambiaría todo para ella, para sus hijos. para el hombre que una vez amó y que ahora era un extraño millonario en su humilde casa. Pero había algo que Fernando todavía no le había dicho, algo que estaba a punto de revelarse y que haría que todo lo que acababa de confesar pareciera insignificante.

“Siéntense a cenar”, dijo Marta a sus hijos. Su voz era firme, pero Fernando notó el temblor en sus manos mientras servía los frijoles. Los tres niños se acomodaron en la mesa. Sofía ayudó al más pequeño a subirse a su silla. Fernando se quedó de pie, sintiéndose intruso en esta intimidad familiar. “Tú también”, dijo Marta sin mirarlo. “Si vas a estar aquí, comes con nosotros.” Era más una orden que una invitación. Fernando se sentó. La cena fue silenciosa.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.