No dio un paso adelante. Simplemente observó.
Una venda le envolvía la muñeca izquierda. Un moretón oscuro se asomaba por debajo del cuello de la camisa. Cerró el grifo, haciendo una mueca, y se frotó las manos como si el calor pudiera calmar el dolor.
Entonces, una voz cortó el aire desde la sala, aguda, autoritaria.
"Ruth. El suelo. Tenemos invitados mañana. Sin rayas".
Clare. Su prometida. No sonaba como una compañera, sino como una supervisora.
Ruth susurró: "Sí", cogió un cubo y se colocó una toalla bajo las rodillas. El asa tintineó al sentarse en el suelo.
Ethan sintió una opresión en el pecho. Retrocedió tras la pared. El reloj del pasillo sonaba más fuerte. El moretón no se le iba de la cabeza. Cuando Ruth lo vio, sonrió demasiado rápido. "Estás en casa". Buscó una toalla para secarse las palmas. La toalla tembló. "Deberías haber llamado. ¿Qué te pasó en la muñeca? Qué torpe soy", dijo. Ligera y experta.
El jabón resbala el suelo. Clare entró con tacones que golpeaban las baldosas como pequeños martillos. Besó a Ethan y luego echó un vistazo rápido al cubo.
"Se nos cayó algo. Ruth insistió en limpiarlo. No soporta el desorden", dijo.
Ruth mantuvo la mirada baja. El aire estaba cargado de olor a lejía y restos de pasta. Ethan sintió un sabor metálico en aumento: una ira que no podía permitirse mostrar. Preguntó qué iban a cenar. Clare dijo que había pedido sushi. Ruth fue a buscar los platos en silencio.
Más tarde, cuando la ciudad se desvaneció en murmullos apagados, Ethan deambuló por el ático haciendo inventario de pequeños errores. Una bata de invitados estaba húmeda en la lavandería. Habían tirado una taza desportillada a la basura. Un cojín de la terraza estaba empapado.
Cuando regresó a la cocina, encontró a Ruth todavía enjuagando tazas de té a medianoche.
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