Aisha se giró con una sonrisa paciente.
"Cariño... ¿podrías dejar de patear mi asiento, por favor?"
El niño —Ethan, de unos ocho años— simplemente la miró fijamente. Una mirada vacía, fría y desdeñosa. Murmuró algo que ella no pudo oír.
Su madre, Linda Brooks, no levantó la vista del teléfono. Ni una palabra. Ni una mirada.
Minutos después, otro golpe sordo golpeó la espalda de Aisha con tanta fuerza que se tambaleó hacia adelante.
Respiró hondo, se estabilizó y pulsó el botón de llamada.
La primera advertencia de la azafata
Megan, una joven azafata de mirada amable, llegó rápidamente.
Aisha explicó la situación con cortesía, manteniendo un tono tranquilo y respetuoso.
Megan se arrodilló junto al niño y le habló con suavidad: "Oye, tenemos que mantener los pies quietos, ¿de acuerdo? Seamos buenos pasajeros".
Fue entonces cuando Linda finalmente reaccionó.
Levantó la cabeza de golpe, con la voz áspera como un cristal roto:
"Es solo un niño. Tienen que dejar de ser dramáticos".
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