Por la noche, mientras Diego dormía, Juan trabajaba en la sala; el sonido de su teclado era lo único que rompía el silencio de la casa.
Una mañana de fin de semana, mientras recogía los juguetes en la habitación de Diego, lo encontró de pie en un rincón, con la cara pegada a la pared, inmóvil y sin emitir sonido alguno.
Se sorprendió, pero pensó que los niños a veces se comportaban de forma extraña y no le dio mucha importancia. Salió de la habitación y continuó con sus tareas.
Al día siguiente, la escena se repitió. Por la tarde, al regresar del trabajo, vio a Diego en la misma posición, inmóvil, sin responder cuando lo llamaba. Se tranquilizó pensando: «Cada niño se desarrolla de forma diferente, probablemente no sea nada».
Pero al tercer día, el comportamiento ya no le parecía accidental.
Cada pocas horas, Diego se acercaba a un rincón, pegaba la cara a la pared y permanecía inmóvil durante varios segundos o más de un minuto, para luego alejarse como si nada hubiera pasado.
El silencio del niño empezó a preocuparle. No era terco ni travieso; parecía absorto en un mundo invisible.
Juan intentó llamarlo, hacer ruidos o acercarle sus juguetes, pero Diego no respondía. Su preocupación por su bienestar empezó a crecer. Desde la muerte de Claudia, Juan había vivido en un estado entre la vigilia y el sueño, intentando no desmayarse. Decidió observarlo más de cerca.
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