Le sonrió a su padre, con los ojos brillantes de orgullo; por una vez no vio al hombre cansado de zapatos gastados. Vio a su héroe. Padre e hija salieron de la lujosa tienda, no avergonzados, sino con dignidad. Las cabezas se giraron al pasar; las mismas personas que se habían burlado de ellos ahora observaban en silencio, con el rostro enrojecido por la culpa. Detrás de ellos, el personal se quedó paralizado, con la lección grabada en la mente: que las apariencias pueden mentir y que el juicio puede herir mucho más que la pobreza. El dueño posó una mano en el hombro del padre por última vez. Me salvaste cuando estaba en mi peor momento. Hoy era mi oportunidad de devolverte el favor. Nunca lo olvides, tú y tu hija merecen toda la felicidad que este mundo puede dar.
El padre apenas podía hablar con el nudo en la garganta. Simplemente asintió, conteniendo las lágrimas mientras su hija susurraba: «Gracias, señor». Y en ese momento, la verdad fue innegable. Un acto de bondad, incluso años atrás, puede repercutir en el tiempo y regresar cuando más se necesita. Si esta historia te conmovió, tómate un momento para reflexionar.
¿Alguna vez has juzgado a alguien demasiado rápido? ¿O alguna vez has recibido bondad cuando menos lo esperabas? Comparte tu historia en los comentarios. Y recuerda, la compasión no cuesta nada, pero puede cambiarlo todo.
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