Un viudo millonario se escondió para ver cómo su novia trataba a sus trillizos hasta que. Un viudo millonario se escondió para ver cómo su novia trataba a sus trillizos hasta que…

Y aunque una parte de él quería salir corriendo, detenerla, proteger a sus hijos, en ese mismo instante había algo más fuerte que lo frenaba. La necesidad de ver hasta dónde llegaría Valeria cuando pensaba que nadie podía juzgarla. Lo que estaba presenciando apenas era el principio, y aunque aún no lo sabía, aquel minuto marcaría el comienzo del derribo de todo lo que él creía conocer sobre la mujer en quien había confiado su corazón y, lo más importante, el bienestar de sus hijos.

💔 El Látigo Silencioso
La tarde avanzó lenta, pesada, como si el tiempo mismo se negara a seguir adelante frente al ambiente tenso que comenzaba a formarse dentro de la mansión. Diego permanecía oculto, observando con una mezcla de incredulidad, tristeza y creciente rabia, cómo la máscara de Valeria se desmoronaba sin resistencia alguna.

Apenas habían pasado unos minutos desde que entró a la sala cuando su tono natural, suave y meloso en público, se convirtió en un látigo frío que golpeaba sin necesidad de levantar la mano.

Mateo, el más sensible de los trillizos, derramó unas gotas de jugo cuando trataba de beber con cuidado. Ese pequeño accidente fue suficiente para desatar la furia contenida de Valeria.

“¿Otra vez tiraste jugo?”, le gritó, arqueando las cejas con un desprecio que heló la habitación. “Eres un desastre.”

Mateo, tembloroso, apenas pudo susurrar: “Yo… yo no fui.”

Valeria ni siquiera escuchó. Su mirada buscó inmediatamente otro blanco, como si necesitara seguir afirmando su superioridad.

“Y tú,” dijo girándose hacia Sofi, “deja esa muñeca, ya estás grande para tonterías.” Sin un ápice de delicadeza, le arrebató la muñeca de las manos y la arrojó sobre la mesa, como si fuera basura estorbando su camino.

El sonido del golpe suave del juguete contra la madera bastó para que la niña comenzara a llorar en silencio, apretando las manos contra su falda para no hacer ruido, como si temiera que cualquier sonido pudiera empeorar las cosas.

Luca, que siempre intentaba proteger a sus hermanos, aunque él también tuviera miedo, dio un paso sutil hacia adelante, pero Valeria no tardó en dirigir su veneno hacia él.

“¿Y tú?”, le dijo con una sonrisa torcida. “¿No piensas defender a tus hermanos? Siempre eres el valientito, ¿no?”

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