Asintió. Sin discutir.
Y en ese momento comprendí: el castigo más severo para esas personas no es la venganza. Sino la realidad.
Epílogo. "¿Limpias los baños aquí?": la frase que volvió a su mente.
Después de un tiempo, vi a Victoria trabajando. No se convirtió en una "santa". Pero dejó de ser una depredadora.
A veces me miraba y bajaba la mirada rápidamente, como una colegiala. Y había algo amargo y correcto en ello: finalmente se dio cuenta de que las personas no son solo escalones.
No me convertí en su amiga. No me convertí en su salvadora. Simplemente le di una oportunidad justa, la misma que una vez tuve en la vida.
Y la frase "¿Limpias los baños aquí?" se quedó con ella para siempre como un recordatorio:
la humillación no es fuerza.
Es una debilidad que definitivamente se verá algún día.
Y ese día, cuando entró a mi entrevista y palideció, no palideció porque "yo Ganó."
Se puso pálida porque por primera vez se dio cuenta: puedes traer el pasado contigo.
En una nueva oficina, te golpeará en la cara justo en el umbral.
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