Hundió la cara en la almohada para que su madre no viera su dolor.
Nadie le tomó la mano.
Nadie le besó la frente.
Nadie le susurró que todo estaría bien.
Pero a pesar de todo, nació su niña.
Silenciosa.
Tierna.
Débil...
Pero viva.
Eliza lloró, no de dolor, sino de amor.
En ese momento, lo supo con certeza: podía con ello.
Con un hijo. Sin Mark. Sin miedo.
10. La venganza no llega de inmediato
Cuando Mark regresó a casa, lo esperaba el vacío.
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