Una madre de 70 años acudió a su hijo para pedirle ayuda con sus gastos médicos. Él le dio un paquete de fideos y la despidió. Pero cuando lo abrió en casa, lo que encontró la dejó sin palabras...

El milagro

A la mañana siguiente, Dolores fue al hospital y entregó el dinero. La cirugía resultó exitosa. Al despertar, débil pero viva, lo primero que vio fue a Ramón, sentado junto a su cama, con los ojos rojos e hinchados.

—Mamá —murmuró con la voz entrecortada—. Lo siento mucho. Ese día... tenía miedo de lo que diría mi esposa. Nunca debí haberte tratado así.

Dolores sonrió débilmente y su frágil mano cubrió la de él.

Hijo, una madre nunca se queda enojada. El dinero se puede recuperar, pero el corazón de una madre, una vez roto, jamás se puede recuperar.

Ramón rompió a llorar, apoyando la cabeza en su mano como un niño pequeño. Afuera, la luz del sol se filtraba por la ventana del hospital, cálida y dorada, como el perdón.

Epílogo

A partir de ese día, Ramón cambió. Visitaba a menudo a su madre, le llevaba comida y medicinas, y reparaba la vieja casa en la que ella vivía sola. Su esposa, que antes lo había desaprobado, comenzó a comprender el tranquilo vínculo entre ellos

La historia de la madre de 70 años y el paquete de fideos lleno de amor se difundió por el barangay como un suave recordatorio.

Para doña Dolores, el regalo más preciado nunca fue el dinero, sino el amor que había sobrevivido bajo capas de orgullo y miedo.

A menudo se sentaba junto a su ventana y sonreía suavemente mientras decía: “Ese paquete de fideos… fue el mejor regalo que mi hijo me dio jamás”.

No importa cuánto éxito tengamos, que nunca olvidemos a quienes nos dieron la vida. Un pequeño gesto de amor hacia nuestros padres —una palabra, un abrazo, una simple visita— puede reconfortar sus corazones para toda la vida.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.