Un vecino incluso les dijo a los niños como lección:
– “Hijos, cuando tengan trabajo y dinero, recuerden no olvidar a sus padres. Solo necesitan tu corazón”.
Al principio, muchas personas criticaron a Ramón por ser poco filial y despiadado. Pero poco a poco, cuando vieron su cambio, lo miraron con otros ojos: ojos de simpatía y respeto.
El presidente de un barangay también mencionó esta historia en una reunión comunitaria, diciendo:
– “La piedad filial es la raíz de la familia filipina. Ramón nos mostró que nunca es demasiado tarde, si sabemos cómo dar marcha atrás”.
Una familia reunida
Las comidas de reunión se hicieron gradualmente más frecuentes. Dolores se sentó en el medio de la mesa, con Ramón a la izquierda y Cecilia a la derecha, rodeada de sus nietos cantando. Sirvió sopa y sonrió amablemente.
– “Mamá está muy feliz. No por el dinero, sino porque nuestra familia finalmente está unida”.
Ramón inclinó la cabeza respetuosamente:
– “Nanay, te prometo que de ahora en adelante no te entristeceré más”.
Afuera, el sol dorado de la tarde caía sobre el nuevo techo de tejas, el sonido de los gallos cantando y las risas de los niños resonaban. Todo el barangay se recordó mutuamente: “Nunca olvides a tus padres. Gracias a ellos, tenemos hoy”.
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