Los últimos años de su vida
Con el paso del tiempo, el cabello de Dolores se volvió blanco. Ya no caminaba mucho, pero su mente aún era aguda. Un día, llamó a Ramón y Cecilia para que vinieran a reunirse con sus nietos. Le entregó a su hijo una pequeña caja de madera, dentro había un pañuelo viejo y la última carta que había escrito:
“Ramón, hijo mío. Mi vida no fue rica, pero estoy feliz de que supieras cómo dar marcha atrás. Enseñe a sus hijos que el dinero no lo es todo. Las cosas más preciosas son el amor, el respeto y la compasión. Ese es el legado que quiero dejar”.
Ramón abrazó a su madre, sollozando. Cecilia y sus nietos también derramaron lágrimas, al darse cuenta de que esta lección era algo que los acompañaría por el resto de sus vidas.
El momento de la partida
Una tarde de verano, cuando la dorada luz del sol se extendía por los campos de arroz, Dolores cerró los ojos en silencio. Una sonrisa todavía en sus labios, su mano sosteniendo con fuerza el viejo pañuelo. A su lado estaban Ramón, su esposa y sus nietos, todos allí, tomados de su mano en sus últimos momentos.
Su funeral no fue ruidoso, pero todo el barangay vino a despedirla. La gente susurraba entre sí:
– “Dolores nos enseñó una lección que nunca olvidaremos: la piedad filial es mejor tarde que nunca”.
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