El día en que todo cambió
Nueve meses después, su familia la llevó de urgencia al hospital. Ella sostenía su vientre con orgullo y esperanza, convencida de que el momento finalmente había llegado.
“Es hora”, le dijo al médico con una sonrisa iluminando su rostro cansado, “mi bebé está listo para conocer el mundo”.
Pero mientras el médico la examinaba, su expresión cambió por completo. Llamó a otros especialistas, y los murmullos comenzaron a llenar la habitación.
Cuando finalmente habló, sus palabras destruyeron todo aquello sobre lo que ella había construido su ilusión durante meses.
“Señora… lo siento mucho”, dijo con voz contenida. “Usted no está embarazada. Lo que hay en su vientre no es un bebé, es un tumor grande”.
El peso de un sueño perdido
Su corazón comenzó a latir con fuerza. “Eso no puede ser verdad”, gritó entre lágrimas. “Sentí movimientos, vi pruebas positivas, escuché latidos”.
El médico asintió con cuidado. “El tumor libera las mismas hormonas que aparecen durante un embarazo. Es extremadamente raro, pero puede ocurrir”.
Ella había rechazado estudios modernos, convencida de que podían dañar a su supuesto hijo, deseando vivir la maternidad de forma natural, como tantas mujeres antes que ella.
Ahora permanecía sentada en silencio, con las manos temblando sobre su vientre inflamado, incapaz de comprender cómo su fe había sido traicionada por su propio cuerpo.
“Pero… yo creí”, susurró con la voz rota, sintiendo cómo el vacío reemplazaba a la esperanza que había alimentado durante tanto tiempo.
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