Lloró por la ilusión, por la maternidad que imaginó, por el amor que había entregado a alguien que nunca existió, pero que fue real para ella.
Ese fue el comienzo de algo distinto. No sanación inmediata, sino honestidad consigo misma, aceptar que había perdido algo, aunque no fuera tangible.
Comenzó a asistir a terapia. Al principio con resistencia, luego con curiosidad, y finalmente con una necesidad profunda de entenderse sin juzgarse.
Su terapeuta no intentó corregirla. Solo escuchó. Y por primera vez, ella no tuvo que justificar por qué había creído tan intensamente.
Aprendió palabras nuevas: duelo simbólico, pérdida invisible, maternidad no realizada. Conceptos que explicaban un dolor que la sociedad no sabía nombrar.
Con el tiempo, dejó de verse como ingenua. Comprendió que su deseo no era debilidad, sino una forma extrema de amor esperando un lugar donde existir.
Su cuerpo también empezó a cambiar. Las cicatrices sanaban lentamente, recordándole cada día que había estado cerca de perder algo más que un sueño.
Comenzó a caminar todas las mañanas. Al principio por obligación médica, luego porque el movimiento le devolvía una sensación mínima de control.
En esas caminatas observaba detalles que antes ignoraba: el sonido de los pájaros, la luz filtrándose entre los árboles, la vida continuando sin permiso.
Un día, en el parque, vio a una mujer mayor sentada sola en un banco, alimentando palomas con una sonrisa tranquila.
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