Algo en esa imagen la conmovió. No había bebés, ni drama, solo presencia. Paz. Permanecer. Existir sin explicación.
Esa noche escribió por primera vez desde el diagnóstico. No una carta de despedida, sino un relato honesto de lo que había vivido.
Escribir se volvió su refugio. Cada palabra era una forma de reorganizar el caos, de darle forma a algo que parecía imposible de entender.
Publicó uno de esos textos en línea, sin esperar respuesta, solo como un acto de liberación personal.
Los mensajes comenzaron a llegar. Mujeres de distintas edades, países, historias diferentes, pero dolores sorprendentemente similares.
Algunas habían perdido embarazos. Otras habían sido diagnosticadas con infertilidad. Algunas habían criado hijos que no eran biológicamente suyos.
Todas hablaban de un mismo vacío. Y por primera vez, ella no se sintió sola dentro de él.
Comenzó a responder con cuidado, sin consejos vacíos, sin frases hechas. Solo presencia, como había aprendido a necesitar.
Con el tiempo, esas conversaciones se transformaron en encuentros virtuales, luego en pequeños grupos de apoyo.
No se proclamó líder. Solo facilitadora de un espacio donde el dolor no era minimizado ni apresurado.
Descubrió que acompañar no requería soluciones, sino valentía para quedarse cuando el otro habla desde la herida.
Años antes había querido ser madre de un hijo. Ahora estaba aprendiendo a cuidar de muchas personas de una forma diferente.
Su médico la contactó para una revisión anual. Los resultados eran buenos. Su cuerpo estaba sano, estable, vivo.
“Podrías intentar quedar embarazada en el futuro”, dijo él con cautela. “Si decides hacerlo”.
Por primera vez, no sintió urgencia ni ansiedad ante esa posibilidad. Sonrió con serenidad y respondió: “Lo pensaré”.
Esa respuesta la sorprendió a ella misma. No porque hubiera dejado de desear, sino porque ya no sentía que su valor dependiera de ello.
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