Los chicos la miraron atónitos.
Se miraron, sin saber si habían oído bien. Luego, con cuidado, con cautela, se acercaron, como si un paso en falso pudiera hacerla cambiar de opinión.
Valentina sirvió tres tazones de sopa. No eran porciones grandes, pero estaban calientes. Puso pan junto a cada tazón y se alejó sin decir una palabra más.
Los chicos comieron en silencio. Rápidamente. Pero cada pocos segundos, uno de ellos la miraba con los ojos muy abiertos, como esperando que el momento se hiciera añicos.
Esa noche, Valentina Serguéievna creyó que sólo había hecho un pequeño favor.
Ella no sabía que acababa de cambiar tres vidas para siempre.
Pasaron veinte años.
El puesto seguía allí. El toldo, más descolorido. La olla, más abollada. Valentina, más vieja, más lenta, con las manos entumecidas por las frías mañanas. Pero todas las noches, se quedaba en el mismo sitio, removiendo la sopa, sirviendo a quien llegara.
No tenía familia. Ni ahorros. Ni expectativas.
Hasta que una noche, la calle quedó en silencio.
Tres superdeportivos negros se detuvieron frente a su puesto.
Los motores se apagaron casi simultáneamente.
Los peatones redujeron la velocidad. Alguien se detuvo por completo. Se oyeron susurros en el aire.
Tres hombres salieron.
Altos. Bien vestidos. Seguros de sí mismos. El tipo de hombres que parecían salidos de portadas de revista, no de un barrio olvidado junto a un puesto de comida.
Pero en el momento en que vieron a Valentina...
Todo en ellos cambió.
Se acercaron al puesto y se detuvieron.
Luego, uno por uno, cayeron de rodillas sobre el pavimento.
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