Desde el principio, acordamos tener solo una hija.
No por egoísmo.
No por miedo a las dificultades.
Sino porque queríamos darle todo lo que pudiéramos.
La casa, valorada en casi $780,000, la compramos tras más de diez años ahorrando. Abrimos el fondo para la universidad de Emily cuando aún era un bebé. Incluso había planeado su trayectoria universitaria antes de que supiera leer bien.
Sobre todo quería enseñarle a ser independiente.
Una niña que dormía sola desde muy pequeña
Cuando Emily todavía estaba en preescolar, le enseñé a dormir en su propia habitación.
No porque no la quisiera. Al contrario, la quería lo suficiente como para entender que un niño no puede crecer si siempre se aferra a los brazos de un adulto.
La habitación de Emily era la más bonita de la casa.
— Una cama de dos metros de ancho con un colchón de primera calidad que costó casi 2000 dólares
— Estanterías llenas de libros de cuentos y cómics
— Animales de peluche cuidadosamente ordenados
— Una luz de noche amarilla suave y cálida
Cada noche le leía un cuento, le besaba la frente y apagaba la luz.
Emily nunca tuvo miedo de dormir sola.
Hasta…una mañana.
“Mamá, anoche mi cama me pareció muy apretada…”
Esa mañana, mientras preparaba el desayuno, Emily salió después de cepillarse los dientes, me rodeó la cintura con sus brazos y dijo con voz soñolienta:
“Mamá… no dormí bien anoche.”
Me giré y sonreí.
"¿Por qué no?"
Emily frunció el ceño, pensó por un momento y luego dijo:
“Mi cama se sentía… realmente apretada.”
Me reí.
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