Pero en ese momento, me di cuenta de algo importante:
Si así era como se manejaba la primera noche, ¿cómo sería el resto de mi vida? ¿Mi privacidad y comodidad quedarían siempre en segundo plano ante tradiciones que nunca acepté?
Eligiendo mi propia paz
A la mañana siguiente, sin que nadie se diera cuenta, recogí mis pertenencias en silencio. Dejé mi anillo de bodas sobre la mesa y me fui de casa.
Más tarde ese mismo día, con el apoyo de mi madre, me reuní con un abogado. Solicité la anulación y presenté una grabación de lo sucedido, no para perjudicar a nadie, sino para demostrar que la situación me había hecho sentir insegura e irrespetada.
Al escuchar la grabación, no lloré. En cambio, sentí claridad.
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