Yo era solo una niña que vendía naranjas para ayudar a mi madre enferma, pero cuando entré en la mansión de un millonario y susurré: "¿Por qué tienen la foto de mi madre aquí?", todo lo que creía sobre mi vida empezó a desmoronarse...

Ignorarla habría sido fácil. Podía dejar que el sol la enviara a la casa de al lado mientras yo volvía a mis hojas de cálculo. Eso era lo que solía hacer el hombre en el que me había convertido.

Pero la forma en que le temblaban las piernas, la forma en que apretaba los labios para no llorar, atravesó mi cómoda indiferencia.

Presioné el intercomunicador.

"¿Quién es?". Mi voz salió más áspera de lo que pretendía.

La chica dio un respingo. Se acercó al que hablaba. "Buenas tardes, señor. Disculpe la molestia. Me llamo Sofía".

Su voz era suave pero cuidadosa, llena de esa valentía educada que los niños aprenden cuando la vida ya ha sido demasiado dura. "Vendo naranjas, señor. Son muy dulces. ¿Quiere comprar algunas? Estoy... Estoy intentando ayudar con las medicinas de mi madre".

En esta ciudad se oyen cientos de historias como esa cada semana. La gente usa la enfermedad como un guion. Pero había algo en su tono —crudo, cansado, sin práctica— que me decía que no era una actuación.

"Espere ahí", dije.

Dejé la fresca seguridad de mi oficina y salí. El calor me golpeó de inmediato, envolviéndome el cuello. Cuando la puerta de hierro se abrió, la chica me miró con una mezcla de miedo y esperanza.

"¿Cuánto?", pregunté.

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