Yo era solo una niña que vendía naranjas para ayudar a mi madre enferma, pero cuando entré en la mansión de un millonario y susurré: "¿Por qué tienen la foto de mi madre aquí?", todo lo que creía sobre mi vida empezó a desmoronarse...

"Cinco por tres dólares, señor. O diez por cinco. Están buenísimos, se lo prometo". Busqué mi cartera. Solo tenía billetes grandes. De veinte, de cincuenta, uno de cien. Saqué el de cien.

"Me los llevo todos", dije. "Y quédate con el cambio".

Sus ojos se llenaron de lágrimas tan rápido que casi me dolía verla. "¿Todos? Señor, no... no tengo cambio para eso".

"No necesito cambio", dije. "Si es para la medicina de tu madre, para eso es. Pero, chaval, no te ves muy bien. Estás pálido".

Se tambaleó un poco. "Estoy bien. Es que... no he desayunado".

Maldije en voz baja. A la ciudad. Al sistema. A mí mismo.

"Pasa", dije, abriendo la puerta. "Te traeré agua y algo de comer. No voy a dejar que andes por ahí así".

Sofía dudó un segundo, asintió y entró en el mundo tras mi puerta.

El cuadro bajo la escalera
Sus zapatillas desgastadas dejaron una ligera capa de polvo en el suelo de piedra al cruzar el recibidor. Los techos altos, la amplia escalera, las paredes de cristal de las que los diseñadores londinenses alardeaban al terminar la casa; lo observó todo con los ojos muy abiertos.

"¿Vive mucha gente aquí?", preguntó en voz baja.

"Solo yo", dije. La respuesta pareció entristecerla.

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