"Deja las naranjas ahí", señalé una consola. "Siéntate en esa silla. Vuelvo enseguida".
En la cocina, me moví más rápido que en cualquier negocio en años. Preparé un sándwich grueso, me serví un vaso grande de zumo, cogí fruta y una barrita de proteínas, cualquier cosa que me diera la impresión de fuerza. Mientras lo apilaba todo en una bandeja, una extraña sensación me invadió el pecho: algo entre protector y pánico.
¿Qué hacía yo, un hombre que firmaba contratos con bancos en tres países antes de comer, preparando comida para un vendedor ambulante? No tenía la respuesta. Sabía que no podía hacer otra cosa.
Cuando volví al recibidor, me quedé paralizado.
Sofía no estaba sentada donde la había dejado. Estaba de pie cerca de la curva de la escalera, frente a una mesa auxiliar. Sus pequeñas manos sostenían un marco plateado, la única fotografía que nunca había podido guardar.
Lena.
Había tomado esa foto diez años antes en un parque de Echo Park, cuando mi vida aún parecía encaminarse a un lugar cálido. Antes de que se marchara sin decir palabra y dejara un vacío que intenté llenar con tratos, cristal y acero.
Sofía sostenía el marco como si fuera algo sagrado.
Sus hombros temblaron.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
