Entonces me vio.
Se le borró el color del rostro. Se llevó la mano a la boca.
“No”, susurró, como si decirlo más alto me hiciera desaparecer. “Estoy viendo cosas. Es la fiebre. Tiene que serlo”.
Di un paso hacia la cama. La habitación olía a enfermedad y a productos de limpieza, pero en el fondo, a amor que se negaba a rendirse.
“No me estás imaginando, Lena”, dije, mi propia voz apenas un suspiro. “Soy yo”.
Empezó a temblar, no de frío esta vez, sino de pura incredulidad. Se agarró a la manta, como si intentara ocultar cuánto le había arrebatado la vida.
“Gra…
—No —dijo, y oír mi nombre de nuevo en su voz fue como si me cortaran y me sujetaran a la vez—. ¿Cómo... cómo nos encontraste?
Sofía se subió al colchón y abrazó a su madre. —Fui a las grandes casas, mamá. Tenía que hacerlo. Necesitábamos dinero. Él es bueno. Es el hombre de la foto.
Me senté en el borde del colchón, sin importarme la ropa. Todas las salas de juntas y los jets privados del mundo parecían insignificantes en ese momento. Solo importaba ese pequeño trozo de tela desgastada.
—¿Por qué, Lena? —logré decir por fin—. ¿Por qué te fuiste así? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué la ocultaste de mí?
Esas preguntas me habían quemado durante diez años.
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