¿Lo leyó? ¿Lo entendió? El hombre tituó atrapado en su propia soberbia. No es mi labor comprender un texto extraño. Es mi labor probar que usted lo manipuló, respondió con rigidez. Mariana dio un paso al frente y lo miró fijamente. Entonces, señor fiscal, lo que usted está diciendo es que me acusa sin siquiera entender la prueba que utiliza contra mí. Eso no es justicia, eso es prejuicio. El jurado intercambió miradas, algunos asintiendo en silencio ante la lógica demoledora de la joven.
El juez fuentes golpeó el mazo, pero ya nadie le prestaba tanta atención como antes. Mariana prosiguió ahora en voz más firme, cambiando al ruso básico para añadir peso a sus palabras. L Mich pravdu Nonikogdapoedyo. La mentira puede ocultar la verdad, pero jamás vencerla. El silencio fue absoluto. Incluso los periodistas dejaron de escribir por un instante, sorprendidos por la facilidad con la que aquella muchacha saltaba de un idioma a otro, derrumbando cada argumento que la fiscalía intentaba sostener.
“No estoy aquí para presumir de lo que sé”, concluyó Mariana mirando al jurado y luego al juez. Estoy aquí para demostrar que ustedes con todo su poder no tuvieron la humildad de escucharme antes de destruir mi nombre. Y esa arrogancia más que cualquier supuesto crimen, es lo que debería avergonzar a este tribunal. Las palabras cayeron como un martillo invisible y por primera vez fue el juez quien apartó la mirada. El juez Fuentes, aún con el mazo en la mano, respiró hondo como si intentara recuperar un control que se le escurría entre los dedos.
Señorita Torres, dijo con tono forzadamente severo, si realmente habla esos idiomas, explique cómo una joven de su condición, sin dinero ni acceso a universidades de prestigio, pudo aprender tanto. La pregunta estaba impregnada de desprecio, pero también de una curiosidad que ni él mismo pudo disimular. Mariana lo miró directamente a los ojos y respondió con voz serena, “Porque donde usted ve pobreza, yo encontré maestros. En la biblioteca pública conocí a refugiados que enseñaban gratis lo que sabían. Una mujer china jubilada me abrió las puertas al mandarín.
Un taxista sirio me enseñó árabe. Una empleada italiana me compartió su lengua los sábados. No necesitaba dinero, señor juez. Solo necesitaba voluntad, respeto y tiempo para escuchar a quiénes la sociedad despreciaba, igual que usted me desprecia hoy. El murmullo en la sala se volvió ensordecedor, pues aquella revelación destrozaba la idea de que el conocimiento solo era privilegio de los ricos. El fiscal Ramírez se removía incómodo, incapaz de refutar lo evidente. Mariana continuó, “Ahora en portugués, a verdadera riqueza e aquilo que ninguén puede robar.
Luego en francés, la conesanza partienda a Squila Sher pasa a Sky Compran. El jurado estaba absorto, algunos incluso inclinándose hacia delante con fascinación. La joven ya no era solo una acusada, se estaba transformando en un símbolo de resistencia y verdad frente a la prepotencia del poder. Su madre desde la primera fila rompió en lágrimas, no de miedo esta vez, sino de orgullo. Y el juez, que antes reía de manera burlona, comenzó a sentir una punzada extraña en el pecho, la vergüenza de haber subestimado a quien lo superaba con la pureza de su verdad.
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