La joven entonces dio el golpe final. ¿Usted qué presume de su experiencia y sus títulos? ¿Cuántos idiomas habla? Porque yo a mis 16 años hablo nueve. No para humillar, no para ganar poder, sino para comprender el mundo y defender la verdad. Y usted, señor juez, ¿qué ha hecho con el suyo? El estrado quedó mudo. La pregunta flotaba como un cuchillo en el aire y por primera vez en décadas el juez Esteban Fuentes no tenía respuesta. Mariana bajó lentamente el documento y lo dejó sobre la mesa del fiscal como si aquello marcara el cierre de un ciclo.
Luego volvió a mirar al juez y con voz serena pero penetrante añadió, “¿Quieres saber de dónde proviene mi fuerza?” “De mi madre. Ella no habla nueve idiomas, no tiene títulos. universitarios, ni puede presumir de riquezas, pero me enseñó la lección más importante, que la dignidad no se compra ni se vende. Se gana con la forma en que tratamos a los demás. Las lágrimas corrieron por el rostro de su madre, quien apretaba las manos contra el pecho con orgullo.
Mariana prosiguió, esta vez en portugués, a mayor riqueza e a bondade y luego en francés, la dignité es la langue universal que tus de Brent parler. La sala entera parecía contener la respiración. Incluso los miembros del jurado, que al inicio veían a la joven como una simple acusada, ahora la observaban como una maestra que impartía una lección inolvidable. El juez Fuentes se removió incómodo en su silla, sintiendo como aquella adolescente le arrancaba, palabra a palabra la armadura de arrogancia que lo había protegido durante años.
Mariana dio un paso al frente y dijo, “Usted me acusó de falsificar cuando lo único que hice fue traducir lo que otros no pudieron.” Pero lo que realmente se falsificó aquí fue la justicia convertida en un juego de prejuicios. Y hoy, frente a todos, esa mentira se derrumba. El público rompió en murmullos de aprobación, algunos incluso aplaudiendo antes de ser silenciados por los guardias. En ese instante, la sala ya no era un tribunal, era un escenario donde la verdad se elevaba por encima de la autoridad.
El fiscal Ramírez, cada vez más nervioso, intentó recomponerse y levantó la voz. Señor juez, esto es inaceptable. Está manipulando al jurado con discursos emocionales. Necesitamos volver al procedimiento legal. Pero nadie en la sala lo escuchaba ya con respeto. Su voz sonaba débil frente a la claridad de Mariana. Ella giró hacia él y replicó con calma, “No es manipulación fiscal, es verdad. Si usted no entendió las pruebas que presentó, ¿cómo puede sostener esta acusación sin caer en el ridículo?” Luego, en alemán añadió con frialdad: “Die Lugimlich derhe.
” El murmullo en la sala estalló de nuevo, esta vez con carcajadas nerviosas dirigidas no a Mariana, sino al propio fiscal. El juez fuentes tragó saliva, consciente de que el poder se le escapaba. La joven levantó la voz y habló al jurado. Ellos quieren que me vean como una delincuente, pero lo que realmente está en juego aquí es si una persona humilde tiene derecho a ser escuchada. Hoy no se me juzga solo a mí, se juzga a la ignorancia disfrazada de autoridad.
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