El silencio se volvió solemne, como si cada palabra llevara un peso histórico. El juez bajó la mirada, incapaz de sostenerla mientras Ramírez sudaba y evitaba los ojos del jurado. Mariana dio un paso más hacia el estrado y señaló el mazo del juez. Ese símbolo de poder que sostiene en la mano, señor Fuentes, no sirve para humillar ni aplastar, sirve para hacer justicia. Y la justicia hoy está de mi lado. Los presentes rompieron en aplausos espontáneos y aunque los guardias intentaron callarlos, el eco ya era imparable.
Por primera vez en su carrera, el juez sintió la humillación de estar desnudo frente a la verdad. La sala estaba de pie, algunos aplaudían, otros contenían lágrimas y los periodistas ya transmitían en directo cada segundo de aquel momento histórico. Mariana, con las esposas brillando bajo la luz del tribunal, no parecía una acusada, sino una maestra que había transformado la vergüenza en dignidad. El juez fuentes, visiblemente afectado, levantó lentamente la vista y vio que todos los ojos de la sala lo observaban, no para obedecerlo, sino para juzgarlo.
Tragó saliva. Su voz tembló y apenas pudo decir, “El tribunal reconocerá que la acusación carece de fundamento. La joven Torres queda en libertad inmediata. El sonido metálico de las esposas al caer sobre la mesa fue como un trueno de victoria. Mariana respiró hondo, cerró los ojos por un instante y luego miró al jurado, al público y, finalmente, al juez. Hoy quedó demostrado que la justicia no siempre está en los papeles ni en los títulos. Está en la verdad que se atreve a hablar, aunque ti, está en la dignidad que nadie puede arrebatar.
Yo hablo nueve idiomas, señor juez, pero el más importante de todos es el respeto. Ese es el idioma que ustedes olvidaron practicar. El eco de sus palabras recorrió cada rincón de la sala. Su madre corrió a abrazarla llorando de alivio y orgullo. El juez, humillado, permaneció en silencio, incapaz de responder. El fiscal Ramírez escondió los papeles bajo el brazo como si deseara desaparecer. Afuera, las cámaras y los micrófonos aguardaban para inmortalizar a la muchacha, que había derrotado a un tribunal entero con el poder de su conocimiento y la fuerza de su verdad.
Y mientras salía del recinto, con la frente en alto y la mano de su madre entrelazada con la suya, Mariana Torres se convirtió en símbolo, la prueba viviente de que la sabiduría no depende de la riqueza, que el coraje puede nacer en los corazones más humildes y que incluso el juez más poderoso puede quedar en shock frente a la pureza imbatible de la verdad.
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