“YO HAGO QUE USTED VUELVA A CAMINAR” — DIJO EL MECÁNICO, LA MILLONARIA SE RÍO… PERO LUEGO SE DETUVO…

No voy a sentir nada. Victoria respondió con absoluta certeza. Porque no hay nada que sentir. Diego comenzó. Sus manos, a pesar de la grasa superficial, se movían con una precisión que era claramente médica. Presionó puntos específicos a lo largo de su columna. comenzando en la parte superior y moviéndose sistemáticamente hacia abajo. Y entonces, cuando llegó a un punto específico, justo debajo de donde su lesión había ocurrido, sucedió. Victoria sintió algo. No era dolor, no era exactamente sensación de tacto tampoco.

Era más como un eco, como si alguien estuviera golpeando una puerta en una habitación que ella había asumido que estaba completamente vacía y sellada. Sintió eso? Diego preguntó su voz ahora completamente profesional. Clínica. Yo no sé lo que sentí. Victoria admitió su voz temblando. Vamos a intentar otra cosa. Diego continuó. Voy a aplicar una técnica llamada facilitación propioceptiva neuromuscular. Es un método de rehabilitación que usa receptores sensoriales para activar vías neurológicas dormidas. Los términos médicos salían de su boca con la fluidez de alguien que los había usado durante años.

Victoria sentía como si el mundo estuviera girando alrededor de ella. Durante los siguientes minutos, Diego realizó una serie de maniobras y pruebas que claramente requerían entrenamiento médico avanzado. En varios momentos, Victoria sintió esos mismos ecos extraños, esas sensaciones que no debían existir según todo lo que le habían dicho los mejores doctores del mundo. Cuando terminó, Diego se movió frente a ella nuevamente, su expresión ahora completamente seria. Señora Sandoval, dijo, su lesión no es tan completa como le dijeron, hay actividad neurológica residual, no mucha, pero está ahí.

Con el tratamiento correcto, con la rehabilitación adecuada, hay una posibilidad pequeña, pero real, de recuperación parcial. Victoria lo miraba como si fuera un fantasma, un imposible hecho carne. ¿Quién eres?, susurró. Diego se levantó limpiándose las manos en un trapo que solo las ensució más. Alguien que también tiene historias que prefiere no contar. Pero voy a decirle esto. Si realmente quiere explorar la posibilidad de recuperación, necesitaré ver sus registros médicos completos y necesitará estar dispuesta a trabajar más duro de lo que ha trabajado en toda su vida.

¿Eres médico? Victoria, afirmó más que preguntó. Diego no respondió directamente. Los 5 minutos terminaron. Todavía quiere destruir mi vida. Victoria abrió la boca para responder, pero no salió ningún sonido. Por primera vez en 8 años no tenía una respuesta lista, no tenía un plan de acción, no tenía control absoluto de la situación. Porque este mecánico cubierto de grasa, este hombre al que había despreciado y amenazado, acababa de hacer algo que los mejores médicos del mundo le habían dicho que era completamente imposible.

Le había dado esperanza. Y ahora, mientras lo miraba con una mezcla de asombro, miedo y algo que podría haber sido respeto involuntario, Victoria Sandoval tuvo que confrontar una verdad devastadora. Había juzgado completamente mal a este hombre. La pregunta ahora era, ¿qué más había estado juzgando mal durante toda su vida? ¿Por qué? Victoria finalmente encontró su voz, aunque sonaba extraña, incluso para sus propios oídos. ¿Por qué me ayudarías después de cómo te traté? Diego sonró tristemente. Porque a diferencia de usted, señora Sandoval, yo no juzgo el valor de las personas por su cuenta bancaria o su comportamiento en un mal día.

Juzgo por su potencial para cambiar. Las palabras colgaron en el aire del taller como una acusación gentil pero devastadora. Victoria sabía en ese momento que su vida acababa de cambiar para siempre, solo que aún no sabía cuánto. Los siguientes tres días fueron los más extraños en la vida de Victoria Sandoval. Después del encuentro en el taller, había regresado a su mansión en completo silencio, ignorando las preguntas preocupadas de Ramiro. Se había encerrado en su estudio privado, un espacio de techos altos y ventanales que ofrecían vistas panorámicas de la ciudad que prácticamente poseía, pero que nunca había sentido tan lejana como en ese momento.

En su escritorio de caoba maciza reposaba su laptop y en la pantalla tenía abiertos simultáneamente tres expedientes médicos digitales. Eran sus registros completos de los últimos 8 años: docenas de resonancias magnéticas, informes de neurocirujanos de fama mundial, evaluaciones de especialistas en lesiones de médula espinal, todos llegando a la misma conclusión devastadora, lesión completa, irreversible, permanente. Pero había sentido algo, esos ecos extraños que Diego había provocado con sus manos precisas, y más que eso, había visto algo en sus ojos que los médicos más caros del mundo nunca habían mostrado.

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