“Así es, cariño.”
Steven. El mariscal de campo estrella. El chico cuyo nombre aparecía en los anuncios matutinos todos los viernes.
Hace tres semanas llamó a nuestra puerta con un solo tulipán blanco en la mano. Miró a Rosie a los ojos y la invitó al baile de graduación como si fuera la única chica del condado.
Dije que sí antes de que ella pudiera, luego me disculpé y la dejé decirlo ella misma.
Mi hermana Megan lloró cuando se lo conté. “Lauren, se lo merece. Déjala disfrutarlo”.
—Quiero dejar que ella tenga esto —respondí—. Lo estoy intentando.
Pero una vocecita en mi interior seguía haciéndome la pregunta que no podía sacarme de la cabeza. ¿ Por qué ella? ¿Por qué mi Rosie, cuando él podría haber entrado en cualquier aula y haber elegido a cualquier chica?
Me dije a mí misma que estaba siendo injusta. Que todavía existían chicos buenos.
—¿Mamá? —Rosie dejó de girarse y me miró—. Estás poniendo esa cara.
“¿Qué cara, cariño?”
“El preocupado.”
Dejé el té y me puse de pie. —Ven aquí. Vamos a ponerte ese vestido.
Me siguió por el pasillo tarareando. Le bajé la cremallera al vestido azul claro que habíamos encontrado en liquidación y se lo deslicé con cuidado sobre los hombros.
—Pareces una princesa —susurré.
"¿Sí?"
