Y estaba sola.
Cuando ella se acercó a James con su propuesta, parecía bastante sencilla. Si él la ayudaba a cuidarla durante sus últimos años, ella le dejaría su herencia cuando falleciera.
Para alguien que había pasado la mayor parte de su vida luchando económicamente, el acuerdo parecía práctico.
Para la señora Rhode, ofrecía seguridad y compañía.
Para James, le ofrecía un propósito.
Ambos estuvieron de acuerdo.
Ninguno de los dos se dio cuenta de lo profundamente que ese acuerdo cambiaría sus vidas.
Más que un trabajo
Al principio, la relación era estrictamente transaccional.
James se encargaba de los recados.
Compró víveres.
Él llevaba a la señora Rhode a sus citas médicas.
Reparó los accesorios rotos de su casa.
Él organizó sus medicamentos y se aseguró de que tuviera todo lo que necesitaba.
La señora Rhode, como era de esperar, se quejaba constantemente.
Ella criticó su forma de aparcar.
Ella criticó su corte de pelo.
Ella criticó su forma de cocinar.
A veces lo criticaba simplemente porque estaba de humor.
Sin embargo, a pesar de su lengua afilada, James seguía apareciendo.
Día tras día.
Semana tras semana.
