Tras el divorcio, me quedé completamente sola, sin nadie a quien recurrir. Pero con un bebé creciendo dentro de mí, me obligué a dejar el orgullo a un lado y acepté cualquier trabajo que pudiera conseguir. Cuando por fin empezó el parto, conduje hasta el hospital, temblando al volante mientras me saltaba todos los semáforos en rojo.